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Hatzad Hasheni - La soberanía palestina después de Abbas

17.07.2018 17:30  |  Por el Dr. Alex Joffe (BESA)*  | 

 RESUMEN EJECUTIVO: Las recientes entradas hospitalarias del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, han vuelto a plantear el asunto de su sucesor. Este espumoso tema resalta ciertos aspectos contradictorios de la cultura política palestina. Los líderes crean caos y luego chantajean a las potencias occidentales a cambio de contener los disturbios que crean. Su siguiente paso es internacionalizar el conflicto exigiendo un apoyo incondicional a sus causas. Ambas tácticas crean dependencia y socavan fundamentalmente la soberanía palestina. Los esquemas de administración fiduciaria para Cisjordania ilustran el patrón de disfunción. Solo un concepto de soberanía palestina libre de chantaje e internacionalización permitiría un estado exitoso, pero esto se ve frustrado por el concepto de honor nacional palestino, que exige un retorno a un status quo anterior imaginario.

“Après moi, le deluge” – una forma de chantaje – tiene una larga e innoble historia en asuntos internacionales. Fomentar el caos y promocionar que el propio régimen es la única salvaguarda posible es una herramienta de política básica del presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmoud Abbas. La internacionalización del conflicto es otra herramienta tradicional. Pero, ¿qué ocurre con la idea de la soberanía palestina cuando estas dos tácticas entran en conflicto?

Abbas tiene 82 años y, como el propio Abbas nos recuerda con frecuencia, tiene mala salud. Sus hospitalizaciones cada vez más frecuentes y son un recordatorio que su era de pseudoestabilidad terminará pronto. Esa pseudoestabilidad adopta esta forma: el aparato de seguridad israelí mantiene a Hamás a raya en Cisjordania, permitiendo que Abbas tome medidas enérgicas contra sus rivales; y, a cambio, la Autoridad Palestina no apoya un levantamiento en toda regla, solo permite o fomenta el terrorismo de individuos. La probabilidad de caos, en la forma de los esfuerzos de Hamás para tomar el control de Cisjordania o la guerra de facciones entre “servicios de seguridad”, es muy real.

Lo que no terminará con la partida de Abbas, seguramente, es la centenaria tradición palestina de exigir que la comunidad internacional asuma la responsabilidad del conflicto, proporcione apoyo material y garantice un resultado político que les sea favorable a ellos. Esto se hace continuamente en foros internacionales como la ONU y a través de los mecanismos de la UNRWA, lawfare y el movimiento internacional para el BDS. Los palestinos demandan que establezcan su agenda y que la comunidad internacional proporcione el músculo (la presión) y el efectivo. Las demandas recíprocas son triviales y se limitan al servicio verbal, como el “fin de la incitación”. Aun así, sin fanfarrias, la soberanía palestina o la promesa de recibirla se ve comprometida.

El mito de la indispensabilidad es un viejo truco iniciado por el propio rais, Yasser Arafat. La arriesgada política de Abbas se traduce en la promesa de su propia mortalidad para extraer apoyo material de Europa y los EE.UU., que en gran parte es robado, con pleno conocimiento de los donantes, por la propia Autoridad Palestina. Las repetidas amenazas de Abbas para disolver la Autoridad Palestina también están en línea con esta estrategia. Aparentemente, solo él puede chantajear a los donantes con la amenaza de violencia incontrolada y garantizar que la violencia se limite a través de pagos.

De manera similar, amenazas de violentas contiendas por el liderazgo entre antiguos miembros de Fatah como Muhammad Dahlan y Marwan Barghouthi, o entre hombres fuertes como Jibril Rajoub, ex jefe de seguridad preventiva en Cisjordania, y Majid Faraj, jefe de inteligencia general, también han sido debatidas durante un largo tiempo. La promesa implícita hacia Occidente la encontramos parafraseando una declaración apócrifa del presidente estadounidense Lyndon Johnson, que “son bastardos, pero al menos serán nuestros bastardos”. Por supuesto, las opciones giran entre seleccionar a los futuros chantajistas y eso no es una tarea fácil, tanto para los palestinos o para Occidente.

Pero estas batallas internas palestinas tienen otro contexto, uno internacional. Por un lado, están financiados por la comunidad internacional y por los estados árabes a través del apoyo a la Autoridad Palestina. Por otro lado, la Autoridad Palestina siempre exige que la comunidad internacional lo respalde acríticamente en sus posiciones políticas. La internacionalización del conflicto, al generar antipatía hacia los sionistas, Israel y los judíos, ha sido una estrategia palestina durante un siglo. En tercer lugar, ningún líder palestino es verdaderamente independiente. Todos se han convertido en herramientas de movimientos más grandes, desde Hajj Amin Husseini en adelante.

A través del mismo acto de exigir dicho apoyo internacional, los palestinos perdieron hace mucho el liderazgo internacional de su propio problema, ya que los regímenes árabes y musulmanes los han usado para unir sus propias sociedades y, junto con el bloque soviético (y ahora la alianza roja-verde global), para crear una cuña contra el oeste. Pero, ¿dónde deja todo esto la idea de la soberanía palestina? Por elección y por defecto, nunca ha habido realmente una, ni entre las elites políticas palestinas prometen ninguna. La forma futura de su propia sociedad ha estado fuera de sus manos durante décadas. El patrón continúa en la actualidad. Al internacionalizar el conflicto, las élites palestinas exigen soluciones impuestas desde afuera en sus propios términos imposibles, pero se conforman con los pagos de los donantes que no están dispuestos a ejercer su influencia.

Tal vez es hora de dar vuelta la tabla y considerar una verdadera internacionalización.

Un concepto a tener en cuenta es la idea de administración fiduciaria para Palestina (que por un periodo de tiempo la soberanía sea otorgada a un ente momentáneo). La administración fiduciaria directa se debatió nuevamente al azar tras el último conflicto fronterizo de Gaza como parte de un llamamiento más amplio para que la comunidad internacional proteja a los palestinos. A principios de la década de 2000, la idea del fideicomiso fue propuesta por políticos liberales israelíes, así como por el ex negociador estadounidense Martin Indyk. La idea, que data de 1948, ha sido promocionada como una “guía” legal para un acuerdo de paz israelí-palestino moderno que incluiría otorgar a los “refugiados” palestinos el “derecho de retorno” a Israel. La administración fiduciaria fue incluso una propuesta de política de un candidato de izquierda para el Senado de los EE.UU.. Más localmente, la idea de un fideicomiso árabe para Palestina ha sido discutida y descartada como un medio de privar de derechos a los palestinos.

Lo cierto es que cualquier tipo de fideicomiso pondría a extranjeros sobre el control de los aspectos más sensibles (y corruptos) de la sociedad palestina: la economía, el sistema político y el aparato de seguridad. Los extranjeros podrían, en teoría, manejar estos aspectos críticos con mucha más honestidad y transparencia que los palestinos. En realidad, la ira palestina se traduciría rápidamente en violencia contra dichos extranjeros y contra los israelíes. Los extranjeros huirían, los israelíes se defenderían a sí mismos, y todo el arreglo se anularía velozmente. Las potencias extranjeras no pudieron asistir con éxito a los acuerdos de seguridad en el cruce fronterizo israelí con Gaza, y mucho menos han logrado garantizar un desmilitarizado sur del Líbano.

La administración fiduciaria – de facto – está implícita en los llamamientos para que Jordania y Egipto asuman la responsabilidad de, o de alguna manera se fusionen con, Palestina. El mantra “Jordania es Palestina” se ha escuchado durante décadas, principalmente desde la derecha israelí, que está ansiosa por aplastar la idea de un estado palestino independiente en Cisjordania. Hay tres puntos débiles obvios para adoptar este programa. En primer lugar, la posibilidad que el Reino Hashemita ceda voluntariamente el poder a favor de los palestinos es nula. Segundo, la probabilidad que esto cree una confrontación desde un estado dominado por los rechazados palestinos es alta. En tercer lugar, no responde la pregunta de cómo o por qué las poblaciones de Cisjordania se moverían al este o serían absorbidas una vez que llegasen allí.

La posibilidad de una confederación jordano-palestina es más intrigante, aunque los detalles políticos siguen siendo vagos. Pero ambos escenarios necesariamente crean rivalidades entre las élites de East Bank y West Bank, ninguna de los cuales parece ansiosa por renunciar a sus prerrogativas para una solución política integral, incluso una que podría ser beneficiosa a largo plazo. El resultado neto sería el faccionalismo y, en el peor de los casos, la guerra civil interna palestina.

Pero en todos los casos, el honor nacional palestino parece exigirle a todos solamente una firme oposición a cualquier solución impuesta que requiera compromisos (ceder). El pensamiento político palestino sobre el tiempo que vendrá después de Abbas parece girar en torno al pensamiento mágico sobre la reconciliación palestina, junto con las demandas simultáneas que la comunidad internacional y los Estados árabes/musulmanes los respalden incondicionalmente en su disfunción en evolución. La dinámica contradictoria de evitar el diluvio pero paralelamente exigir un apoyo internacional continuará.

Hay subtextos culturales más profundos de los cuales los palestinos podrían no estar conscientes. A pesar de los gritos rituales sobre la debilitadora “ocupación” israelí, Abbas y sus sucesores potenciales parecen decir que los palestinos deben mantenerse en un subdesarrollo y dependencia a medias como resultado de su propia fragilidad y propensión a la violencia, a la espera de un retorno mágico hacia el mundo de 1947, o 1917, cuando existía una soberanía palestina imaginaria (es decir, la dominación musulmana). Sin embargo, la situación actual de chantaje y redistribución de bienes robados exige que los palestinos sacrifiquen su propia soberanía para proteger su honor, mientras que la comunidad internacional debería negarse a usar la influencia que se le está regalando todo el tiempo (por supuesto, es poco probable que este análisis encuentre el favor de los palestinos).

Estar atrapado en sendas contradicciones es familiar para todos los individuos y para muchas sociedades, pero para los palestinos es prácticamente una marca registrada de la cultura política. Una verdadera solución internacional requeriría que abandonasen el control y hagan concesiones que no están dispuestos a hacer. Pero internacionalizar por completo el conflicto implicaría implícitamente que son incapaces de reformar su propia sociedad y política, y mucho menos negociar con éxito con Israel. La verdadera internacionalización exigiría sacrificios que no están dispuestos a hacer, pero el honor nacional palestino les impide reconocer la realidad de su dependencia y, lo que es más importante, aceptarla sin violencia. Siendo así, cualquier concepto significativo de soberanía como autogobierno autónomo se pierde.

No hay respuestas fáciles, pero existe la ventaja de llamar a esta disfunción y al chantaje por lo que son. Y el fallecimiento de Abbas será un punto de inflexión, para bien o para mal. Romper mentalmente un ciclo de comportamiento destructivo sería un buen comienzo, sin importar qué caos le siga. Materialmente, las víctimas occidentales del chantaje palestino deben hacer demandas recíprocas y dejar de pagar. Pero hasta que los palestinos acepten por completo la idea de la soberanía y abandonen la internacionalización del conflicto, quedarán atrapados en contradicciones creadas por su propia historia y cultura.


*Alex Joffe es arqueólogo e historiador. Es miembro de Shillman-Ingerman en el Foro de Medio Oriente.
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