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Hatzad Hasheni - El peligro de un “Estado Palestino”… para Jordania

13.06.2018 15:30  |  Por Abe Haak (BESA)*  | 

RESUMEN: El Reino Hachemita de Jordania puede sea el que más pierda al establecimiento de un estado de Palestina. Si bien los peligros potenciales y complicaciones para Israel de tal estado pudieran ser significativos, Jordania enfrentaría amenazas ambas a su estabilidad social como a su doctrina fundacional: de que gobierna a la población árabe en ambas orillas de su homónimo río. Además de las sustanciales dificultades políticas y de seguridad que dicho estado crearía para Jordania, también pudiera poner en peligro su continua viabilidad al modificar el centro del liderazgo político de la mayoría de los jordanos y colocarlo lejos de Ammán y en dirección a Ramala.

Cada vez se hace más claro que el estado palestino es una idea moribunda. A pesar de los pronunciamientos oficiales, ninguno de los principales partidos parece estar muy interesado en lograrlo y mucho menos aún la Autoridad Palestina (AP).

Sin embargo, si a través de alguna acción unilateral, se declarase un estado de Palestina en el territorio que comprende las Áreas A y B, las repercusiones (en su mayoría negativas) afectarían al Reino Hachemita de Jordania más que a cualquier otra parte, incluyendo a Israel.

Los peligros para el Reino se manifestarían por sí mismos en tres niveles: la amenaza política, la amenaza a la seguridad y la amenaza existencial.

La amenaza política

Con el establecimiento (o anuncio) de un estado de Palestina, las tensiones que han caracterizado la relación entre las organizaciones palestinas y el Reino Hachemita desde la década de 1960 tomarían la forma de una institucional muy específica y se convertirían en una característica fija del nuevo escenario post-estado. Las recientes tensiones sobre el acceso y el tema de la seguridad en el área del Monte del Templo proveen un anticipo a las vergüenzas públicas y parálisis diplomática que afectarían como resultado la crucial relación existente entre Israel y Jordania.

Israel y Jordania desarrollan en este momento relaciones institucionales muy estrechas, quizá las más fuertes de la región. La integración económica avanza rápidamente, con asignaciones significativas en el consumo de energía y agua de Jordania las cuales serán provistas por Israel. Esta disposición va en ruta a alcanzar tal nivel en un futuro previsible como para aumentar la probabilidad de que una interrupción repentina tenga resultados catastróficos para el Reino.

La cooperación e integración en el área de seguridad son, sin duda alguna igual de importantes. Durante décadas, los enemigos de Jordania, ambos internos y externos, han tenido que contar con un poderoso par de fuerzas disuasorias cuando tienen que contemplar acciones violentas contra el gobierno: una primera línea de defensa consistente en un ejército jordano tenazmente leal y una segunda línea en la forma de unas FDI abrumadoramente poderosas.

Incluso con este manto de integración creciente, la relación Jordania-Israel se ve crónicamente forzada por el aventurerismo y rechazo al liderazgo de la Autoridad Palestina. Tal tensión empeorara dramáticamente si los líderes palestinos tuviesen derechos estatales plenos en los foros árabes e internacionales.

La amenaza de seguridad

Para imaginarse un anticipo de la relación que Jordania tendría con un estado de Palestina del otro lado del río, uno puede observar la relación actual de Egipto con Hamas. La principal diferencia es que los problemas de Jordania serían muchas veces mayores de los que Egipto sufre hoy día. Las razones son muchas:

La frontera de Jordania con Cisjordania es más extensa y más porosa que la existente entre Gaza y el Sinaí.
La presencia de las fuerzas políticas palestinas, especialmente aquellas que apoyan a Hamas, son mayores y están más arraigadas en la vida política de Jordania que en la de Egipto.
El sur de Jordania es ambos más poblado y en algunas ciudades (especialmente Maan) están más radicalizadas que las tribus del Sinaí que, bajo el estandarte de ISIS, han arrebatado a veces el control de partes de la península desde Egipto.
Quizás lo más importante es que, por motivos culturales, lingüísticos y étnicos, la distinción entre egipcios y los habitantes de Gaza es mucho más clara que la de los árabes que viven a ambos lados del Río Jordán. Como resultado, el tomar medidas enérgicas contra la subversión organizada o incluso tomar acciones de insurgencia de baja intensidad en Jordania se sentiría más como una guerra civil. Esto pondría a prueba la lealtad de las fuerzas armadas jordanas, especialmente si Israel es visto como el socio del gobierno jordano en tal esfuerzo.
Por último, aun así no menos importante, Jordania tendría que lidiar con un escenario de situación de pesadilla dentro del área de seguridad que muy probablemente se desarrollaría poco después de una declaración unilateral de un estado palestino. Tal declaración muy probablemente precipitara una decisión israelí de cerrarle el paso a una corrupta e ineficaz AP, una medida que casi con seguridad provocaría su colapso. Esto sería seguido por una sangrienta lucha por la supremacía entre nacionalistas e islamistas, tal como ocurrió en Gaza. Debido a la falta de contigüidad entre muchas ciudades en las áreas A y B, el resultado no será una rápida victoria de Hamas tal como ocurrió en Gaza en el 2006, sino una guerra civil prolongada y de baja intensidad con asesinatos y brotes esporádicos de violencia masiva. Israel probablemente se limitaría a contener y evitar que la violencia se derrame al Área C y más allá.
Independientemente de quién obtenga la ventaja, los árabes de Cisjordania capaces de escapar de este sangriento desastre lo harán muy rápidamente y se dirigirán hacia el único lugar abierto para ellos: hacia el este, hacia Jordania. El Reino se enfrentará a dos opciones infelices: o bien absorbe una gran ola de refugiados inquietos en un sistema que ya está a punto de colapsar, o reafirma, con el probable consentimiento israelí, sus limitados privilegios administrativos y de seguridad sobre las áreas afectadas en Cisjordania para prevenir de esta manera una mayor catástrofe humanitaria y el éxodo masivo que tal catástrofe precipitaría.

La amenaza existencial

Es discutible que estos escenarios de amenaza pudieran ser manejados por un liderazgo y un ejército jordano que hayan demostrado repetidas resistencias durante crisis de mayor duración y severidad. Sin embargo, dejando a un lado todos los desafíos situacionales que una declaración a la condición de estado palestino engendraría para Jordania, se desarrollará inevitablemente una amenaza estratégica cualitativamente mayor a largo plazo para el Reino partiendo de la realización de un estado palestino.

Es un hecho que la mayoría de los palestinos son jordanos y la mayoría de los jordanos son palestinos. Dicho con más precisión: la mayoría de los que se auto-identifican como palestinos dentro y fuera de Jordania portan un pasaporte jordano (incluyendo a Mahmoud Abbas y Khaled Mash’al); y la mayoría de la población residente de Jordania se auto-identifica como palestinos. Este ha sido el enigma crónico de Jordania desde finales de la década de 1950, cuando el anterior presidente egipcio Gamal Abdel Nasser comenzó a incubar activamente un nacionalismo separatista palestino en un desafío directo a la custodia formal de Jordania de los árabes de Cisjordania. En pocas palabras, la supuesta identidad nacional palestina fue el resultado de una campaña egipcia anti-Hachemita que comenzó a finales de la década de 1950 e institucionalizada con la creación de la OLP en la Cumbre Árabe del Cairo en 1964.

Esta campaña anti-Hachemita estuvo en el centro de la más peligrosa cascada de crisis de Jordania en los años 1959, 1967, 1970-71, 1986 y 1988. Una declaración formal de un estado palestino lo llevaría a un nivel mucho más peligroso por la simple razón de que un estado no puede sobrevivir mucho tiempo cuando la mayoría de sus ciudadanos reclaman la identidad nacional de un estado vecino (y muy probable adversario).

Este concepto es fácil de entender. Si, por ejemplo, la mayoría de los ciudadanos de Guatemala se auto-identificaran como ciudadanos mexicanos, Guatemala simplemente se convertiría en un vasallo cultural y político de México.

Similarmente, la identidad nacional de Jordania y su viabilidad política será difícil de sostener si la mayoría de sus ciudadanos le debe lealtad política a un estado vecino y extranjero, aunque sea árabe. Tal estado sería capaz de dirigir indirectamente los asuntos de Jordania mediante la movilización de una parte considerable de la ciudadanía para hacer su voluntad si sus intereses entran en conflicto con los intereses del gobierno jordano.

Dejando de lado la postura oficial jordana hacia el conflicto, la clase política en el Reino debe estar consciente de estas amenazas provenientes de un futuro estado palestino, especialmente los dos primeros. Pero también debe estar consciente de que toda la edificación del movimiento nacional palestino es una construcción política de los enemigos árabes de Jordania, que tenía como destino hacer que el país fuese ingobernable por el difunto Rey Hussein. En sus orígenes y práctica, las organizaciones nacionalistas palestinas, independientemente de su retórica, han sido más anti-hachemitas que anti-sionistas. Estas organizaciones siempre han pretendido representar a la mayoría de los ciudadanos de Jordania, una peligrosa afirmación para cualquier país. Para Jordania, tal reclamo se vuelve intolerable cuando esta se concreta en un estado adyacente cuyo liderazgo posee un historial de intentos en serie de sabotear el dominio hachemita.

En opinión de muchos jordanos, el anuncio a la desconexión de 1988, que reconoció formalmente a la OLP como único representante de los “palestinos” (una mayoría de los ciudadanos de Jordania), fue un error que desgarró la unidad demográfica nacional del país en respuesta a las presiones políticas árabes. Las condiciones que generaron esas presiones ya se han ido, de hecho, se invierten. En consecuencia, Jordania debería considerar revertir el anuncio (que, desde el punto de vista constitucional, sigue siendo inválido hasta el día de hoy porque nunca fue ratificado por el parlamento de Jordania). Esto sería visto en el mejor de los intereses para los ciudadanos de Jordania en ambas riberas y en el mejor interés de la paz y la estabilidad en la región.





*Abe Haak es traductor y educador certificado por la ATA, nacido en Jordania. Trabajó como asistente de investigación en el Servicio de Investigación de la Facultad de Derecho en Harvard y como Profesor Asistente en la Universidad Senzoku en Japón. Abe enseña en los programas de Traducción Alemana y Árabe en la Universidad de Nueva York.
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