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Los judíos cubanos enfrentan desafíos con esperanza

17.04.2017 11:23  | 

Itongadol.- La sinagoga Beth Shalom, una de las tres más importantes en La Habana, fue construida a principios de los años cincuenta. Mientras que el exterior parece haber recibido poco mantenimiento a lo largo de los años, es fácil reconocer la grandeza que debe haber destilado en ese entonces.

Al lado se encuentra el centro de la comunidad judía, donde en una oficina estrecha, unas pocas personas han hecho su misión de sostener la vida judía para una comunidad estimada en sólo 1.400 en la isla caribeña comunista. "Es una comunidad pequeña pero vibrante", manifestó Adela Dworin, presidenta del centro.

Dworin, una mujer de 80 años, nació y creció en La Habana. Sus padres llegaron a Cuba desde Polonia, como muchos judíos durante el período entre las guerras mundiales, mientras se producían pogromos en Europa oriental.

"En ese entonces era muy difícil obtener la ciudadanía estadounidense y Cuba había aceptado a los inmigrantes, así que decidieron quedarse un tiempo corto para luego ir a Estados Unidos", recordó. Sin embargo, lo que se suponía que sería un hogar temporal se convirtió en uno permanente para la familia de Dworin, como fue el caso de muchos otros, que eventualmente establecieron la vida comunal en la isla.

En la década de 1950, había entre 15 mil y 25 mil judíos en Cuba. Después de la revolución en 1959, el ateísmo fue declarado la (no)religión oficial del Estado y el 90 por ciento de los judíos se mudó a los países vecinos. La nueva ley hizo que muchos se mantuvieran alejados de las sinagogas, especialmente si deseaban ser miembros del Partido Comunista.

En 1990, con el colapso de la Unión Soviética, el gobierno cubano reescribió su constitución y decidió definir a Cuba como un país sin religión. Esto permitió a la comunidad judía reanudar libremente sus prácticas.

Adela Dworin y sus colegas de Beth Shalom aseguraron que nunca vieron señales de antisemitismo en Cuba. De hecho, no existen los guardias o detectores de metales dentro o fuera de la sinagoga. Las mujeres consideran que se debe principalmente a la ignorancia básica acerca de quiénes son los judíos.

Con una comunidad pequeña en un país mayormente aislado de los desarrollos del resto del mundo, surgen algunos problemas en el acceso al alimento kosher. Sólo hay una carnicería apropiada en toda Cuba, ubicada en La Habana Vieja. También poseen una tienda donde los judíos pueden ir y reclamar su ración mensual de carne -dos libras al mes-, como requiere el sistema de distribución de alimentos en Cuba.

El tamaño de la comunidad también ha provocado una alta tasa de matrimonios mixtos que son bienvenidos en la sinagoga. "Aceptamos niños de madres no judías y damos seminarios a aquellos que están vinculados a un judío", aseguró Dworin.

Muchas de las luchas que enfrenta la comunidad, en general, son las mismas que enfrentan los cubanos y que se reducen al dinero. Como la población general, los judíos en Cuba viven con pocos recursos.

Bajo el régimen comunista, hay dos monedas: el peso regular, utilizado por los lugareños, y el peso convertible, utilizado en gran medida por los visitantes, para el cual el tipo de cambio es un dólar por peso convertible. Gran parte de los suministros que la comunidad judía necesita no se pueden comprar en pesos regulares, explicó Dworin. Esto incluye leche en polvo o pañales para adultos mayores, que representan el 20 por ciento de la comunidad, y que, a menos que tengan suficientes fondos de donaciones o sean enviados desde el extranjero, Beth Shalom no tiene acceso a estos artículos.

Más allá de las necesidades prácticas, la situación financiera a veces afecta la vida judía misma en Cuba. "Debido a que somos una comunidad muy pobre, no podemos permitirnos mantener un rabino", contó Dworin. La sinagoga recibe a un rabino una vez cada pocos meses, quien muestra a los miembros de la comunidad cómo dirigir los servicios, los funerales y demás.

Las donaciones que llegan a Beth Shalom suelen llegar de turistas judíos que visitan la sinagoga. En 2013, gracias a una donación de un judío americano rico, los miembros de la comunidad fueron capaces de obtener uniformes para el grupo de atletas judíos cubanos que Beth Shalom envía anualmente a las Macabeadas en Israel.

Algunas federaciones judías y organizaciones de Estados Unidos y Canadá ayudan a sostener a la comunidad. Una de ellas es el American Jewish Joint Distribution Committee (JDC), el cual ha estado activamente y continuamente involucrado desde principios de los años noventa. Después del colapso de la Unión Soviética y la reintroducción de la libertad religiosa, el JDC se convirtió en la primera organización estadounidense en tener licencia para ir a Cuba y trabajar con la comunidad judía allí.

Para impulsar la vida comunitaria en la isla, el JDC puso en marcha una serie de programas que aún se ejecutan hasta el día de hoy. Incluyen cenas de pollo para Shabat, servicios para las festividades, campamentos de verano judíos, campamentos familiares, bar mitzvas de organización e incluso proporcionar transporte para los miembros de la comunidad para asistir a sinagogas.

El JDC también ha ayudado a establecer una pequeña farmacia en Beth Shalom, distribuyendo medicamentos enviados por la organización o llevados por participantes de la misión y turistas.

"Hay muchos retos, desde la economía del país hasta haber vivido 50 años de comunismo", expresó el vicepresidente ejecutivo adjunto del JDC, Will Recant.

"Uno de los principales retos fue la educación judía: reeducar a la comunidad sobre lo que significa ser judío, lo que es la vida judía", agregó, mencionando la Torá de la sinagoga de Beth Shalom, que no era kosher y tuvo que ser reelaborada.

"El JDC tiene que responder a cualquier desafío en las comunidades en las que trabajamos, teniendo en cuenta la realidad física y espiritual de lo que ocurre en esos países", resaltó.

A pesar de que dejaron en claro que están agradecidos por la ayuda que recibieron del extranjero, cuando se les preguntó si sienten alguna sensación de abandono, la comunidad expresó sentimientos encontrados, especialmente cuando se trata de judíos cubanos que abandonaron el país.

"Yo diría que sí", respondió Fernández. "Eso es algo que se siente. Tal vez no se expresa o se habla o se discute, pero se siente. Necesitamos que la gente sepa que existimos, que tenemos estas necesidades y que a veces es muy fácil ayudar", expresó al Jerusalem Post.

Recant subrayó que, en lo que concierne a su organización, ayudar a sostener y fortalecer a la comunidad judía siempre será una prioridad.
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