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Año nuevo, el mismo problema. Por Marcelo Birmajer

11.01.2017 19:46  |  Marcelo Birmajer  |   | Fuente: Clarín

 Itongadol.- La agenda del 2017 para frenar la amenaza fundamentalista islámica no es original. Obligar a la República islámica de Irán a rendir cuentas por sus crímenes terroristas, comenzando por entregar a los sospechoso del peor atentado sufrido por Argentina, la masacre de la Amia en 1994; además de reconocer explícitamente el derecho a la existencia del Estado de Israel, y el derecho a la seguridad de las democracias occidentales.

El principal problema que enfrenta el mundo, desde el año 2001 hasta este 2017, sigue siendo el terrorismo fundamentalista islámico. Ya sea con el tinte de modernidad que le imprimieron los teóricos de la Hermandad Musulmana a principios del siglo XX, o en su versión atávica como la del Isis; el enemigo de la libertad continúa siendo corporizado por el movimiento cuya potencia hegemónica es la República Islámica de Irán, y cuyos ideales son compartidos, y ejecutados en sus peores extremos por sectas, partidos y grupos: Boko Haram, Hamás, Hezbollah, parcialmente la Autoridad Palestina de Mahmud Abbas, y distintos sectores con mayor o menor cercanía al poder en las distintas tiranías del mundo árabe y el África. No es la primera vez que una proporción inquietante del planeta es hegemonizada por una corriente ideológica que se opone a las garantías y derechos, y desafía el concepto de respeto por el individuo que es la utopía, siempre imperfectamente practicada, de las democracias modernas: ocurrió durante el nazi fascismo, y luego, en una versión más racional pero también más duradera, durante la dictadura soviética.

El fundamentalismo islámico ha superado en temporalidad al nazismo y su pretensión es hacerlo también en cuanto a capacidad destructiva, si es que puede imaginarse. El balance de la administración Obama como antagonista de este movimiento es claramente deficiente. Logró algunos éxitos esporádicos, como matar a Bin Laden en combate, y a otros peligrosos jefes terroristas, pero la continuidad de los atentados en el mundo, incluyendo los propios Estados Unidos, han demostrado que la derrota del fundamentalismo islámico no depende de la neutralización de ciertos individuos. En la lucha cultural y política, Obama y su fracasada delfín, Hillary Clinton, han demostrado una ambigüedad y falta de dirección, que tuvo su pico más alto de irresponsablidad en el discurso de la universidad de El Cairo de 2009, donde Obama equiparó a las democracias con las dictaduras del mundo árabe, como si fueran apenas diferencias culturales aceptables, y su inevitable colofón en la completa incapacidad de la candidata Clinton para distinguir entre amigos y enemigos de USA durante su campaña electoral. Cuando un fundamentalista islámico, Omar Mir Seddique Mateen, asesinó a más de cincuenta norteamericanos en una discoteca gay de Orlando, ni Hillary ni Obama llamaron por su nombre- terrorista fundamentalista islámico- al ataque y su ejecutor; asumió esa responsabilidad el candidato opositor, ahora próximo presidente, Donald Trump. Los analistas internacionales que pronosticaron la victoria de Hillary son en muchos casos los mismos que niegan la peligrosidad del fundamentalismo islámico, y consideran alarmistas a quienes lo combaten.

Cuando un fundamentalista islámico con doble nacionalidad, germano iraní, asesinó a 9 personas en Munich, en julio de 2016, posteriormente a que otro, éste afgano, atacara con un hacha, la misma semana, en un tren de Baviera, no eran pocos los analistas que se negaban a considerarlos parte de un mismo movimiento opresivo; preferían en cambio el mote “desequilibrados”. Aparentemente es un desequilibrio mental que sólo padecen los fundamentalistas islámicos, que en todos los casos gritan Allah Akbar (Alá es grande), y se consideran enemigos de las democracias y la diversidad. También gritó Allah Akbar el asesino del embajador ruso en Turquía, en diciembre del año pasado, aunque costaba encontrar ese decisivo grito de Jihad en muchas reseñas de la noticia, que acentuaban en cambio reivindicaciones incomprensibles sobre la situación en Siria. El común de los espectadores de esta tragedia ignoramos cómo resolvieron el crimen los respectivos estados turco y ruso, pero sabemos lo que buscan los fundamentalistas islámicos como el asesino: una conflagración mundial apocalíptica.

La agenda del 2017 para frenar la amenaza fundamentalista islámica no es original. 1) Obligar a la República islámica de Irán a rendir cuentas por sus crímenes terroristas, comenzando por entregar a los sospechoso del peor atentado sufrido por Argentina, la masacre de la Amia en 1994; además de reconocer explícitamente el derecho a la existencia del Estado de Israel, y el derecho a la seguridad de las democracias occidentales. Retrasar o limitar el acceso de la República Islámica de Irán al armamento nuclear es insuficiente; no sólo se debe vedar terminantemente esa posibilidad, sino también impedirle ejercer el terrorismo con armas convencionales. 2) Combatir el fundamentalismo islámico, primariamente, en el terreno político y cultural, obligando a respetar la diversidad y los derechos de la mujer, la libertad de expresión y de circulación, no como alternativas intercambiables, sino como requisito para formar parte de las sociedades democráticas. No es admisible que el fundamentalismo islámico, con su vocación de negar la Shoá y proponerla contemporáneamente, su intento de exterminar a los homosexuales y oprimir a las mujeres, se considere una voz legítima dentro de las democracias occidentales, disfrazada de defensa de lo multicultural.
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